Como toda buena adolescente de los 80’s, mis enamoramientos tenían música y estaban llenos de amores imposibles, platónicos , intolerables, insoportables, románticos a más no poder. Amores que creaba en mi mente y le daban sabor a esos años tempranos . En ese tiempo las canciones de amargue en inglés y español eran mis favoritas mientras me enamoraba y me desenamoraba yo solita, las más de las veces sin que la otra parte se enterara. En las que si tuve contraparte , escogía con mucho cuidado las canciones que tenían los mensajes precisos que pertenecían a ese tiempo y a ese momento en la relación, donde casi no era necesario ni hablar, porque las canciones parecían llenar todos los espacios sin decir una palabra. Recuerdos de épocas menos estresantes…
Superada esa etapa y con menos drama a nivel sentimental por estar felizmente casada, me di cuenta que ya no me gustaban tanto las canciones de amargue , ni me identificaba con las letras que exprimían el dolor en cada estrofa y que contaban historias de las que era preferible salir huyendo y no quedarse a ponerle música. Ya no tenía desamor, ya no me moría de celos, ni tenia peleas continuas, ni diferencias insalvables: no se me desgarraba el alma por periodos de silencio o incertidumbre o por no poder visualizar el día de mañana sin un conflicto. Lo supe después de analizarlo un poco: había superado la etapa del anamoramiento y había encontrado el amor.
Todos los anteriores habían sido ensayos y yo me había preparado para recibir el amor, el de verdad. Por eso mis canciones favoritas de ahora hablan de amor que se da y no se guarda nada para sí mismo, da sin esperar y se goza en la alegría del otro. No provoca celos ni los siente porque hay seguridad y confianza. No pelea porque es una pérdida de tiempo y se invierte mejor buscando puntos en común que asuntos por los que disentir. Se compromete con la felicidad del otro porque hacerlo feliz es parte del propósito de estar juntos y no teme perderse porque es perdiéndose en la otra persona como se ha encontrado a si mismo.
Amor real, que a veces duele pero es porque lo sentimos en nuestra propia piel que es una en dos. Amor que respeta la individualidad y la ama, estimula el proyecto personal y acompaña el sueño de dos, asegurándose siempre de mirar en la misma dirección. Amor que cuida la vida, el alma, el espíritu porque cree en una eternidad juntos. Amor que no se cansa de buscar formas de decir te amo, en lo sencillo, en lo cotidiano, en los momentos difíciles y siempre.
Es el amor que encontré hace 27 años y supe desde el primer momento que no me podía separar más de el. Este año cumpliremos 25 años de casados y realizo que han sido más los que hemos vivido juntos que los que vivimos separados y me repito lo dichosa que soy de haberlo encontrado cuando menos lo esperaba, pero sin duda alguna, cuando más lo necesitaba.