Ayer experimenté el dolor ajeno. Me quemó la carne. Había sentido muchas veces compasión, empatía, solidaridad, deseo de ayudar y de aliviar las penas; pero ayer sentí desgarro. Fue algo súbito. Fui a visitar a mi primito que está interno en el hospital Robert Reid y pensaba que sabía a lo que iba: a verlo, saludarlo, que sintiera mi cariño y mi deseo de su pronta mejoría. Pero parece que se me olvidó mi capa invisible de super héroe. Esa que me pongo cuando salgo a enfrentar situaciones que pueden ser difíciles. Casi siempre mi capa funciona. Ayer no. Entré en la habitación de 8 camas, lo vi al fondo, más flaquito de lo que lo recordaba quizás un mes y medio atrás, pálido y con una media sonrisa. Se le iluminaron los ojos cuando nos vio y nos recibió con toda la alegría que su tristeza podía ofrecer. Ahí sentí el primer jalón del corazón. No le di mucha cabida porque había que seguir. Pero cuando tomé una panorámica de toda la habitación y de todos los niños ahí presentes, cada uno con una situación de salud visible y de importancia , sentí que el corazón se me quedaba en carne viva y tuve que salir al pasillo. No podía contener las lágrimas ni los porqués? Era una intensidad que me sobrepasaba y quise haber podido desaparecer. Me tomó más de lo debido reponerme y recoger fuerzas para volver a entrar y seguir como si nada. En las verdes paredes de esos pasillos quedaron contenidos mis gemidos, ahogados en un auto control que me costó como nunca ejercer. Creo que creció algo dentro de mi desconocido. Me toca descubrirlo esta noche en mi ejercicio espiritual. Pero sobretodo una nueva dimensión de un agradecimiento profundo a Dios, por el regalo de la salud que nos ha dado en nuestros hijos. Pido una unción abundante sobre todos esos niños, en todos los hospitales de todas partes del mundo, para que la Misericordia de Dios Todopoderoso los alcance y les regale la salud definitiva. Que así sea.