No me gusta la superficialidad en ninguna de sus manifestaciones. Esas conversaciones que no tienen sentido, llenas de palabras vacías que no tocan ningún fondo; La sonrisa falsa que esconde una profunda hipocresía y una doble moral; la palmada en la espalda que esconde la espada que te quiere apuñalar; la falsa alegria por tus logros que esconde la más insidiosa envidia; la falsa tristeza que esconde el deseo de generar lástima y sacar provecho. Hay que entrar en uno mismo, revisarse y alejarse de esa actitud de ligereza y penetrar en el yo que necesita ser transformado. Abramos la puerta de nuestro corazón y dejemos que el toque delicado de Dios, revolucione todo nuestro interior y pueda salir la criatura original que fue creada por amor y para el amor.